Hola, soy Javier Selva

Mi infancia son recuerdos de un pueblo de Albacete, lleno de naturaleza, de animales y de estrecheces, mi juventud muchos años buenos, o no tanto, en el barrio humilde de Madrid donde me crié rodeado de otros hijos de emigrantes de todos los campos de España, mientras intuía que el mundo era mucho más grande que las paredes de el colegio de franciscanos en el que me eduqué.Y recibí las flechas que me asigno cupido, y aun hoy, sigo amando cuanto ellas pueden tener de hospitalario. Y poco a poco fui ampliando mi mundo, también el interior.

Leí todo lo que pude, y algunas cosas se me quedaron y algunas personas también.

Y entre esas personas y esos libros y los viajes que ampliaron definitivamente mi mundo se llenaron mis venas de gotas de sangre jacobina, pero mi verso, cada vez más, brota de manantial sereno.

Desde muy joven la fotografía fue mi pasión, y cuando descubrí que adoro la hermosura se convirtió en mi profesión, pero desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna.

Y para intentar comprender por que el mundo tiene esta forma pudiendo tener otra más justa, estudié a las sociedades.

¡Ah, y para intentar cambiarlo!

Y con el tiempo, más bien con la edad, a distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.

Desde hace tiempo, pero cada vez más, converso con el hombre que siempre va conmigo y esa conversación me acerca al secreto de la filantropía.

Y mis fotos, y mis textos, y mis proyectos y mis relaciones, están como en un alambique donde se introduce kilos y kilos de hollejo para conseguir, después de pasar por el serpentín, algunas gotas de aguardiente, trasparente, fuerte y aromático.

Destilando poco a poco para poder llegar un día ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar a la última verdad, la de los abuelos de Saramago:

Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras:

“El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir”.

No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.

Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

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